jueves, 7 de febrero de 2008

¿Tiene Ana de Ozores una personalidad propia?

Ilustración de Fernando Andrade Cancino

María Rosa Fiscal



Dos personajes dominan la novela de Leopoldo Alas, “Clarín”, La Regenta: Ana de Ozores y el Magistral Fermín de Pas. A pesar de ser Ana quien da su nombre a la novela (que, dicho sea de paso, es demasiado larga para un lector contemporáneo), me parece que la mefistofélica figura del Magistral es fascinante desde el principio cuando sube a la torre del campanario y, provisto de un anteojo de largo alcance, pasea la mirada por la ciudad. Los campos que circundan a Vetusta no son el motivo de su interés: es Vetusta misma; Vetusta, su pasión; Vetusta, a la que desea conquistar y dominar; Vetusta, cuyos habitantes deberán someterse a la voluntad de Fermín de Pas.


El Magistral es un hombre ambicioso, soberbio, con objetivos precisos y con la voluntad y el coraje suficientes para alcanzarlos. Contempla, además, a Ana de Ozores que pasea con calma por su jardín. En esos momentos está convencido de que su interés por su “nueva hija espiritual” es únicamente espiritual, que sus almas son afines, y eso basta. Pero se engaña: desea mucho más que eso, y esto es evidente para el lector. Las vidas de Ana y del Magistral se encontrarán estrechamente unidas a lo largo de la novela hasta llegar a un desenlace trágico y frustrante por la impotencia de ambos ante las circunstancias que los apresan.


La novela, por otra parte, fue construida muy de acuerdo con la sociedad española del siglo diecinueve y, por tanto, el desenlace es, asimismo, muy español. Quintanar muere defendiendo su honor-honra, depositado, como es natural, en su mujer, aun cuando está consciente de que el adulterio de Ana es tan sólo la consecuencia de su propia conducta hacia ella y a pesar de que si bien él se permitía escarceos amorosos con Petra, la doncella, se desentendía olímpicamente de su esposa. Tan es consciente de que Ana está demasiado sola que reacciona en forma violenta cuando ésta decide participar descalza en la procesión del Viernes Santo. Rabioso por el poder del Magistral sobre su mujer, se lamenta: “La lleva ahí como un triunfador romano a una esclava, detrás del carro de su gloria” (p. 306, t.2). Más tarde, gimoteando nada menos que en el hombro de Mesía, exclama:


¡Lo juro por mi nombre honrado! ¡Antes que esto, prefiero verla en brazos de un amante! Sí, mil veces –añadió- búsquenle un amante, sedúzcanmela; todo, antes de verla en brazos del fanatismo! (p. 311, t. 2).


¡Cuán poco se acordó después de sus exclamaciones y qué ridículo que se batiera en duelo con Mesía! Entonces sí no tuvo oídos para los razonamientos sensatos y realistas de Frígilis: era imprescindible lavar el buen nombre.


Ana actúa también de acuerdo con su momento histórico. No puede comparársele con Emma Bovary, aunque ambas tengan una inquietud común: su inconformidad ante la sociedad y el ambiente en que transcurren sus vidas. Como Emma, “se creía superior a los que la rodeaban, y pensaba que debía haber en otra parte una sociedad que viviese como ella quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas” (p. 116, t. 1). Sin embargo, su respuesta ante las circunstancias es diferente: Ana se inclina hacia el misticismo en tanto que Emma se enamora de hombres vulgares y mediocres.


Desde su nacimiento –hija de un padre español de buena familia y de una humilde modista italiana-, Ana está ya en desventaja. Dentro de una sociedad donde los hidalgos o la gente de bien (como sus tías y tantos otros vetustenses decadentes) prefieren morir de hambre antes que trabajar, Ana no puede aspirar a una vida agradable o a un matrimonio brillante. Carece, además de la fuerza para intentar vencer la adversidad y para bastarse a sí misma.


Hija de un librepensador con aires de filósofo y afanes de modernidad, y abandonada desde la infancia a los cuidados de una rígida institutriz, Ana crece sola y triste, lo que marcará posteriormente su vida como mujer. Sometida también a influencias confusas y contradictorias, crece sin poder formarse un juicio acertado y realista de las personas y cosas que la rodean. El sexo se convierte en algo pecaminoso, pero tentador e inquietante. El inocente episodio con Germán va convirtiéndose poco a poco en algo monstruoso que hay que olvidar, que la condena y estigmatiza, por lo que le es imposible competir con otras jóvenes. Su escasa actividad física (como era usual en ese tiempo para las mujeres de cierta clase social), su confusión psicológica y religiosa, así como la soledad en que transcurre su existencia, la precipitan hacia el misticismo, la comunión con Dios, algún tipo de amor. Parece ser la única forma que encuentra para evadir su realidad y, lo que es más importante, para llenar la soledad. Este misticismo será lo que al principio la acerque al Magistral, su Hermano Mayor espiritual, como lo llama, y lo que le impide ver que éste siente por ella un amor humano, además de unos celos enloquecedores.


Su matrimonio con Quintanar representa ante todo la búsqueda de protección, la compañía de un hombre amable y afectuoso, de un padre, en una palabra. Por supuesto, con el correr de los años este matrimonio desigual –que no le aporta nada de lo que ella anhelaba- la orilla de nuevo al misticismo, a una exageradísima escrupulosidad en lo tocante al pecado y, por último, al adulterio.


Sus amores con Mesía no aparecen ni siquiera como algo deseado con intensidad. Son más bien algo así como la consecuencia inevitable de una serie de acontecimientos previos y de la frustración existencial dentro de una sociedad mezquina y obtusa. ¿Será verdad que Ana era “inexpugnable” o tan sólo que la ocasión no se había presentado porque todos los hombres que la admiraban, incluyendo a Álvaro, jamás le habían hablado de amores? A Ana no la devora la pasión que embarga al Magistral ni tampoco siente gran interés por seducir –o dejarse seducir- por Mesía, a quien juzga como un hombre atractivo. Descarta sus necesidades físicas y espirituales, a las que prefiere no prestar atención y aguarda que los días pasen mientras ella se entrega a sus arrebatos místicos.


Como personaje, el lector simpatiza poco con ella, sobre todo en nuestros días. Sabemos que se trata de una mujer desgraciada y que, a través suyo, Clarín enjuicia a la sociedad pequeño-burguesa de las ciudades provincianas; no obstante, carece de voluntad y es fácilmente manipulada por los que la rodean. Su falta de autoestima y de confianza en sí misma la paralizan, por lo que se convierte en una mujer desvalida; es el ejemplo típico de aquéllas que pasan de la tutela del padre a la del marido y raras veces son capaces de aceptar la responsabilidad de su propia vida. Tengo la impresión de que Clarín se deleitaba enormemente con su personaje y ese “Anita” –como la nombra en varias ocasiones a lo largo del texto- en vez de aumentar su atractivo, la empequeñece, le resta personalidad.


Ahora bien, ¿es realmente Ana la que da vida a La Regenta? ¿No será que el título nos desvía a propósito y nos impide fijarnos con mayor detenimiento en la figura del Magistral? Clarín lo ha pintado con trazos firmes, bien delineados, y logra un personaje subyugante. Además, resulta significativo que inmediatamente después de la descripción de Vetusta, aparece la del Magistral. Ambos, Fermín de Pas y Ana, cierran el relato sólo que ahora en lugar de un hombre gallardo, dueño de sí, Clarín presenta a un hombre atormentado, con “unos ojos que pinchaban como fuego”, que con “pasos de asesino” y movimientos torpes, se aleja de un amor imposible.


Si Ana se deja conducir, el Magistral es todo acción. Nacido en circunstancias adversas, acicateado por una madre ambiciosa y sin posibilidades de ingresar al ejército, busca acomodo en la única posición a su alcance dentro de ese tipo de sociedad: el sacerdocio. Mas no un humilde cura de aldea, sino que aspira a escalar la jerarquía y convertirse en obispo por lo menos. A la Regenta la visita en su casa; le reserva horas especiales para confesión; la sigue al Vivero; pasea por el Espolón en espera de divisarla al menos; se hace invitar a comer para disfrutar de su compañía; la espía, la obliga a acompañarlo a supuestas prácticas de piedad. Intenta por todos los medios a su alcance retenerla, gozar de su presencia, conquistarla, guardarla para sí. ¡Qué drama tan tremendo el de este hombre que de pronto descubre que siente “cosas tan nuevas, o mejor, tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas” que lo perturban y lo sobresaltan! Este sacerdote que de pronto comprende que



para él no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; así había él empezado a ponerse enfermucho, allá en los jesuitas; pero entonces sus anhelos eran vagos, y ahora no; ahora anhelaba…tampoco se atrevía a pedir claridad y precisión a sus deseos… Pero ya no eran tristezas místicas, ansiedades de filósofo atado a un teólogo lo que le angustiaba y producía aquel dulce dolor que parecía una perezosa dilatación de las fibras más hondas” (p. 386, t. I).




Fermín de Pas piensa de pronto en sus treinta y cinco años, en su vida estéril, llena tan sólo de sobresaltos y remordimientos y llora en su interior, “mirando a la luna a través de unas telarañas de hilos de lágrimas que le inundaban los ojos” (p. 387, t.1). Y acepta su destino. Las vidas de Ana y del Magistral que marcharon paralelas durante los dos años en que transcurre la novela, deben por necesidad alejarse y tomar líneas divergentes.



BIBLIOGRAFÍA


ALAS, Leopoldo (Clarín), La Regenta. México, Dirección General de Publicaciones, 1972 (Col. Nuestros Clásicos, 19). 2 tomos. Introd.: Juan M. Lope Blanch y Huberto Batis. 1er tomo, 396 pp. 2do. tomo, 459 pp.


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